viernes, abril 24, 2009

Capítulo XI.

Ya casi había pasado una hora y Eduardo aún no aparecía en el estacionamiento. Ale estaba que se iba, ya se le habían acabado los ejercicios que había hecho mientras esperaba; no pensaba seguir haciendo el papel de tonta; si es que ya no lo había hecho. Por un momento dudó en irse, había olvidado sacar del bolso “Luna Nueva” ¿Podría releerlo mientras tanto o no? o tal vez terminar de leer “Medianoche” lo he pospuesto mucho… Pero se decidió. Tenía otras cosas mucho más importantes que hacer y hacía frío, había estado nublado todo el día, y no se me ocurrió traer un chaleco. Guardó sus cuadernos y se levantó para caminar a la salida, sin embargo un sentimiento extraño la perseguía, tenía la leve impresión de que hace rato alguien la estaba observando. Lo último que me faltaba, se masajeó la frente, volverme paranoica y sumárselo a mis demás traumas. Hizo caso omiso a su inquietud y siguió lentamente su camino. Muy dentro de ella, Ale tenía la esperanza de que todo siguiera siendo como en un cuento de hadas, pero no, las cosas eran simples, Eduardo era un mentiroso. Apenas lo dejo solo, no le cuesta nada aparecerse con la “española”, y si no era con ella, seguramente no le faltaría otra. Ella deseaba con todas sus fuerzas seguir esperándolo, pero no para reprocharle, eso no le salía. Sin embargo, ¿qué haría ahora? Eduardo no le podía salir con que había ido a tomar un “helado” con la española. Su humor cada vez empeoraba más. ¿Cuánto le había durado su “noviazgo”? Cuatro horas se quedan cortas.
-¡Y que sus primos se vayan a la punta del cerro también! –bufó Ale con rabia.
De pronto, vio cómo el Toyota descapotable se aproximaba velozmente hacía el estacionamiento, ya no le sirve apurarse. Ale siguió dignamente caminando en dirección contraria, no “pensaba” parar; pero quería hacerlo. Como su cabeza le decía que siguiera hacia la salida, lo hizo. Pero ya podía sentir el fuerte cerrar de la puerta del descapotable. Eduardo salió hecho una bala para alcanzarla y la tomó por el brazo, para detenerla. Ella siguió como si le hablara una mosca, lo ignoró casi la mitad del camino.
-¡Hey! ¿No me digas que estas enojada porque me retrasé? –Ella le dio una mirada irónica –. Es que tuve un problema, pero no es para tanto.
Ella seguía caminando, y él ni siquiera se acercaba al verdadero motivo. Pensará que soy tonta.
-Si me sigues ignorando soy capaz de ponerme en ridículo frente a todos los que vez aquí y no es chiste –Ale podía ver como ya algunas miradas se dirigían hacia ellos, y era de esperarse Eduardo iba hablando solo. Se detuvo.
-Deberías tener mejor memoria de lo que haces –le dijo ella sin ningún atisbo de emoción.
-¿A qué te refieres con eso?
-¿Dejaste en un lugar seguro a la “española”? –su tono no podía ser de mayor molestia y se las estaba aguantando para no hacer una escena allí mismo, no iba a pasar esa vergüenza.
-¡Ah! ¿Era… eso? –La mirada de Eduardo se calmó –Si no fue nada, oye en serio, tuve que brindarle mi ayuda… y me tienes sorprendido, ¿ahora también le haces de agente secreto? –rió y ella lo miró con odio.
Idiota
-Y de seguro que en esa ayuda también iban incluidos “besos y abrazos”… si es así no quiero ni pensar en todas las “amigas” a las cuales siempre le brindas tu ayuda –La voz de Ale se iba rompiendo, aunque la controlaba para que él no se diera cuenta. No podía haber algo más vergonzoso que eso. Eduardo la obligó a mirarlo, estaba preocupado, podía notar en los ojos de ella las lágrimas que estaban a punto de brotar. Ale desviaba la mirada con enojo, pero él la volvía de nuevo y la sostenía con sus manos.
-¿Te quedaste esperándome toda esa hora, cierto?
-Sí… tenía unas ganas de… tirarte el libro de Cálculo por la cabeza, y aún lo puedo hacer. Me voy… -No alcanzó ni a darse la vuelta porque él la abrazó. Ella no quería recibir las sobras. Pero no pudo rechazarlo, ese perfume que usaba de seguro que tenía la culpa.
-¿Quieres que te explique? –le preguntó él al oído.
-N-n… no me importa –Ale no se aguantó más las ganas de llorar y de sus ojos comenzaron a caer leves lágrimas que aumentaban cada vez más.
-Sí, si te importa… no creo que estés llorando porque te fue mal en una prueba –él se la llevó al auto sin despegársele, por una parte a ella eso le convenía, así nadie podría verle la cara llena de lagrimas si la escondía en la camisa de él.
¡Vergüenza, vergüenza, vergüenza…!
Ale pensó que la llevaría a algún lado, pero no, la hizo sentarse junto con él en el asiento trasero, Eduardo se quedó en silencio observándola unos minutos. Estaba confundido. Le ofreció un pañuelo desechable.
-No quiero –lo rechazó ella, y lo apartó con un leve golpecito en la mano que se lo ofrecía. Ale abrió su bolso y sacó sus propios pañuelos, le dio la espalda y miró por la otra ventana. Él la abrazó por la espalda y le dio un beso en la mejilla.
-Estheffi sólo quería… –comenzó él.
-¿No era “Tefi”? –lo interrumpió ella con tono burlesco, él pareció no escucharlo.
-Quería que la ayudara, no alcanzó a darme todos los detalles, yo andaba apurado, pero me necesitaba, tiene algunos “problemas” y por lo del abrazo… ella me buscó, y es que, no la quise hacer sentir más mal de lo que ya estaba…
-Claro…y a ti te encanta que “te tienten”, te escuché Eduardo –y se giró para enfrentarlo –le dijiste: “no me digas eso Estheffi, ya sabes que no respondo de mí” –Ale imitó su voz –. Eso no es una relación de amigos. Si ella te gusta tanto, anda, yo no te voy a decir nada. Entiendo perfectamente, ella es rubia, más blanca, ojos claros, es más joven… -él la miró angustiado –con ella vas a estar a “tono” y no lo digo en chiste –Eduardo comenzó a acariciar su pelo.
-Lo que le dije fue irónicamente, no hablaba en serio…
-¿Qué es serio para ti? –quiso saber ella.



Laura se devolvió sola a su casa, Daniel tenía que hacer unas “cosas” y decidió no molestarlo más, hoy ya le había contado mucho, no quería sobrecargarlo. A medida que iba caminando para tomar la micro, se fijó en una sombra o más bien en ese tipo de sensaciones que dan la idea de que te están espiando. Ella siguió. Yo no soy miedosa, se dijo. De pronto, saltó alguien a su espalda y le tapó la boca con la mano.
-¡Aaah! –Laura gritó a penas, las manos de su enemigo le impedían seguir.
-Hey!! – Le susurró la persona al oído – ¡Cálmate, soy yo! –Estheffi la soltó para que la mirara.
-¡Ay! ¿Cómo se te ocurre asustarme así? –Laura la miraba sorprendida –además, ¿que tú no estabas perdida? –Estheffi se rascó la cabeza.
-Sí… o sea no, el punto es que no quiero que mi agencia me encuentre, estoy algo así como escondiéndome.
-¿Por qué? Daniel y los demás están súper preocupados y ya te están buscando
-Ese es el punto, acompáñame, corro peligro aquí
-¿Peligro? –Laura la miró sin comprender.
-Si, si… Te explico pero no aquí, sígueme –Laura obedeció.

jueves, abril 23, 2009

Capítulo X. Parte 5.

Laura miraba a Daniel expectante. Éste le pasó un brazo alrededor de los hombros.
-Pasó que el tipo se presentó como Matías. Me contó parte de sus motivos y qué lo tenía allí. Comencé a sospechar cando me dí cuenta de que me contaba demasiado para haberme conocido sólo minutos antes. Entonces él me dijo que llevaba tiempo observándome. O sea, que si yo no hubiera ido ahí él habría encontrado de alguna u otra forma hacerme participar en la S.S.J.
-O sea, ¿que era algo como sí o sí?
-Básicamente, aunque igual me dejó elegir.
-Tú aceptaste al tiro, me supongo. –Laura hizo un desprecio inconsciente.
-No me quedaba de otra.
-¿Cómo así?
-Es que él me dijo que si no aceptaba iba a ser vigilado de por vida ya que sabía de la existencia de la S.S.J.
-En otras palabras ¿usaban un tipo de psicología barata para hacerte creer que estabas eligiendo cuando te decían que si no lo hacías estabas tirado?
-Sí, prácticamente. Aunque yo nunca lo dudé.
-Si, eso parece… -Laura miró el brazo bronceado que Daniel le había pasado por delante de su estómago. Le pasó la uña de forma casi imperceptible a lo largo. Él se erizó.
-No hagas eso.
-¿Por?
-¿Quieres volver a enojarte conmigo? –Laura captó la indirecta al momento y dejó de hacerlo.
-No tienes porqué ser tan débil.
-No es debilidad, preciosa. No me tientes, eso es todo.
Laura se amurró. Daniel la miró divertido.
-¿Qué? ¿Ya no quieres seguir escuchando lo que sigue?
-¿Hay más?
-Claro, la parte más horrible de todas.
Laura guardó silencio, esperando con mucha curiosidad lo que Daniel le iba a relatar ya que no tenía idea de qué podía ser.
-Hace casi 16 meses… -comenzó a decir él, Laura supo al momento qué era lo que él iba a contarle: la difusa y enredada muerte de su hermano. Ella había asistido al velorio y al funeral, pero jamás se le hubiera ocurrido que habían cosas tan chuecas detrás de esa muerte.-…mi hermano se enteró de que yo estaba en la S.S.J., por que no sabía.
-¿Cómo…?
-A los jóvenes como yo, adolescentes, y a los jóvenes como mi hermano, de 20 años para arriba, los hacen actuar por separado. Pero en una ocasión en que se nos salió la misión de las manos ellos tuvieron que intervenir.
-¿Ellos? ¿Ellos quiénes?
-La División de Tecnología Antidifusión. La misión había sido un fiasco, y no sólo por el hecho de que salió como las reverendas, si no porque habíamos gastado personal, dinero y tecnología en algo que no tenía fundamento. O bueno, eso pensaba yo. La cosa es que llegó la DTA para sacar de en medio todo lo que podía delatarnos. Mi hermano era uno de ellos.
“Cuando me vio, ambos nos quedamos sin palabras. Al principio noté la sorpresa en su rostro, pero pronto la sorpresa dejó paso a la ira y por último al repudio. No lo entendí hasta que me di cuenta real de lo que ser parte de la DTA significaba. Ellos sacaban de circulación a todo lo que hubiera estado en contacto con la agencia. Todo.”
Daniel hizo una pausa y miró detenidamente a Laura para indicarle que siguiera el hilo de sus pensamientos. Laura entrecerró los ojos y con un mudo y terrorífico asombro abrió la boca.
-¿Todo? ¿Te refieres hasta personas?
-Exacto.
-¿¡Tú hermano era un asesino!? –exclamó Laura.
Daniel se levantó rápidamente bufando con una expresión airada en los ojos. Laura entonces se tapó la boca maldiciendo su falta de tino para decir ciertas cosas. Daniel le dio la espalda.
-No era un asesino, era su trabajo –lo defendió. Laura asintió sin dejar de sentir un miedo que le heló todo-. Cuando me vio fue hacia mí, me llevó a un lado y me dijo que me quedara ahí, que no mirara nada, que después íbamos a hablar. Pero yo miré.
Laura notó un temblor en la voz de Daniel. Se levantó y le tomó los hombros.
-Si no quieres no me cuentes, ya basta por hoy.
-Mi hermano sabía usar la pistola como nadie, -continuó él haciendo casi omiso a las palabras de Laura, ella guardó silencio –cuando me dejó en ese rincón yo no dudé en que quería ver qué hacía. Lo vi disparando, y no falló ningún tiro. Al menos no vi a nadie moviéndose luego de que él le hubiera disparado.
Laura gimió.
-Sentí de pronto que alguien me tapaba la boca y me doblaba el brazo hacia atrás. Recuerdo muy claramente la forma de algo rojo en frente mío, pero luego todo se nubló. Recuerdos borrosos acuden a mí cuando quiero algo más claro, pero no logro acordarme de nada. ¡Maldición! –gritó golpeando la pared. Un cuadro se descolgó y calló a los pies de Laura. Ella lo recogió admirando la belleza del paisaje que en él estaba representado.- Cuando volví a despertar vi a mi hermano junto a mí, apenas respiraba, tenía la cabeza cubierta de sangre y no se movía. Me levanté para verle mejor y saber si la herida que tenía era muy grave.
Daniel respiró hondo. Le dolía hablar de ese momento, pero ya había decidido contarle todo a Laura, no se echaría para atrás.
-Ya no había solución, el corte que tenía en la cabeza dejaba a la vista parte de la masa cerebral y el disparo en el pecho hacía que de sus pulmones se escapara el aire. Lo miré sin poder entender que la vida fuera tan cruel con nosotros. Fue entonces cuando sentí que me tomaba de la mano en un intento inútil por levantarse y acercaba su boca a mi oído.
“- Ed… Eduardo... Freire… -fue lo que me dijo.
“Había escuchado acerca de él, el hijo del mayor enemigo de nuestra asociación. Juré, al lado del cadáver de mi hermano, que no descansaría hasta encontrar al mal nacido que me había dejado si hermano”.
Laura notó la ira y la sed de venganza en las palabras de Daniel. Y le dio pena. Cómo alguien podía sentir tanta rabia hacia alguien, cómo se podía llegar a odiar a alguien de esa forma. Cada vez que ella se enojaba con alguien había que esperar al otro día para ver si seguía enojada pues siempre se le olvidaba la ira y aunque tratara de encontrar el sentimiento, con la noche el enfado desaparecía.
-Daniel, ¿estás seguro de que tu hermano mencionó a Eduardo porque él lo había matado?
-¿Qué quieres decir? –Daniel se volteó a mirarla con los ojos entrecerrados. Laura estaba un poco nerviosa. La furia en sus ojos la intimidaba hasta el punto de que era difícil el hablar.
-Quiero decir que tu hermano bien pudo darte el nombre de Eduardo por otra cosa. ¿Nunca se te ha ocurrido pensarlo?
-Jamás. –le respondió obstinado. Laura le tomó la cara.
-Daniel, tu hermano te miró ese día así, puesto que su trabajo no era de su completo agrado. No creo que haya querido que su hermano pequeño se volviera como él.
Daniel corrió la cara, cruzó la habitación y se detuvo lo suficiente como para notar que Laura le seguía.
-Dejemos esto por ahora, no quiero pelear contigo. ¿Te parece? –le pidió él.
-Me parece.
Laura se refugió en sus brazos y deseó quedarse allí para siempre. No notaba que desde la ventana una sombra caminaba lentamente.

Capítulo X. Parte 4.

“Luego de esa noche, recuerdo que las cosas se tranquilizaron un poco entre ellos, pero no se hablaban mucho, creo que a mi mamá le costó mucho aceptar el camino que él había decidido tomar; por supuesto que se oponía, si no se fue de la casa, fue por mí. Pasaron dos años desde ese momento, yo aún no tenía idea de nada, estaba por entrar al Liceo, cuando escuche una conversación entre mis padres y mi hermano; bueno, más bien era una pelea. Mi mamá le gritaba:
“-Ya me aburrí de esperarte, no sé si vas a llegar vivo o muerto –comenzó a llorar.
“-Pero, si yo siempre voy a estar a salvo, -le contestaba mi hermano en tono tranquilizador. -Me han entrenado muy bien, no corro ningún riesgo. Por favor traten de entenderme, me gusta lo que hago.
“-Sólo alimenta tu ego –le dijo mi padre.
“-Y la cuenta bancaria, -convino mi madre. Luego su voz se volvió suplicante. - ¿Qué pasa si algún día las cosas se complican y arremeten en contra de tú familia? ¿A caso hay algún “seguro” que nos garantice la supervivencia? No lo creo.
“-Yo sólo soy un agente más, -mi hermano, se notaba, ya había tenido esta conversación con ellos. Parecía que repetía todo como un robot. -Ayudo a la asociación de forma indirecta, los que verdaderamente se encargan de las misiones son la S.S.J…
“Esa “sigla” llamó mi atención, me provocó curiosidad y decidí investigar a qué se dedicaba mi hermano. Estaba casi seguro que no era nada bueno, pero no me incomodaba, bueno sólo hasta ese entonces. Ese mismo día después de que salió de casa con su nuevo auto, un Toyota City Guard Inox, aún lo recuerdo, había quedado impactado con ese auto, pero bueno, para hacer corta la historia. Lo seguí, en micro por supuesto y luego en colectivo, estaba llegando ya casi al final del la ciudad. Me sorprendí del lujoso edificio donde se estacionó –hizo una pausa y se quedó pensativo.
“-¿Qué te pasa?
“-Nada, bueno; lo seguí hasta la puerta, pero no pude entrar los guardias no me lo iban a permitir, así que lo esperé hasta que saliera, pero esperé casi todo el día. Nunca salió de allí, al menos por la única salida que yo había visto –se rió con ironía –. Cuando estaba a punto de irme y con ropa de liceo, un tipo casi tres años mayor que yo me detuvo.”
El celular de Daniel sonó y se detuvo en la historia.
-¿Qué pasa ahora Matías? –se levantó del sillón y fue hacia el patio.
-¡Oye! Daniel, no te vayas a hacer el loco, todavía falta que me cuentes muchas cosas, ni siquiera has llegado a la parte que me interesa –dijo Laura con tono de niñita cuando quiere un dulce, Daniel hizo una pausa en su conversación y se dirigió a Laura.
-Espérame, falta la segunda parte…
Laura asintió y dejó que Daniel hablara.
De pronto el tono alarmado de él le llamó la atención.
-¿¡Qué!? Pero cómo…. –Daniel se volvió de súbito y miró horrorizado a Laura. Ésta como siempre pensando en otras cosas nada que ver a la situación, creyó que tenía algo en la cara y se la tocó rápidamente. Daniel bufó y le apartó la mano de la cara.
-Olvídalo, o sea, primero muerto… ¡No! Y no me digas que…. Sí, lo tengo claro pero no puedo… ¡Me importa un pucho el auto! Al diablo con eso, si quieres que… Es un NO y definitivo… -por el tono pálido en que se tornó la cara de Daniel, Laura supo que lo que le habían dicho no era nada bueno –no me vuelvas a repetir eso. Si eso quieres, eso tendrás.
Cortó con un sonoro clic y tiró el móvil a la pared. Laura se encogió y miró con temor a Daniel. Él suspiró y la abrazó.
-No me tengas miedo, son cosas que pasan…
-¿Muy graves? –se aventuró a preguntar ella.
-Más o menos. Nadie puede encontrar a Estheffi.
Belén se llevó la mano a la boca y trató de que las lágrimas no se le salieran. Daniel la apretó más hacia sí.
-No temas, ella sabe cómo cuidarse.
-Es una niñita Daniel, tiene apenas 15 años…
-Yo tengo 16 solamente, que no se te olvide.
-Pero eso es diferente.
-¿Porque soy hombre? ¿Eres machista acaso?
-No, pero… -él la silenció con un beso fugaz en los labios. A la pobre de Laura no le quedó otra que concentrarse en su propio bien en ese momento.
-Calma, ya la encontraremos –la tranquilizó él.
-Eso espero.
Daniel se acomodó en el sillón y suspiró. Últimamente se le daba muy bien suspirar. Laura aguardó con más ansias la parte que venía. Era lo que más le importaba.


Ale se detuvo sin ganas de seguir caminando para nunca más. Ahora quería correr, quería correr lo más rápido posible y desaparecer por siempre de ese lugar. Y aunque su mente le ordenaba mover los pies de forma inmediata, éstos se negaban a hacerle caso. En cambio la acercaban más y más a donde no quería ir. Sentía que lo que más desebaba en ese momento era gritar, pero que vergüenza, no estaba en cualquier parte. Estaba en la universidad, los alumnos la verían como una loca (si es que ya no lo habían hecho) y además quedaría al descubierto. Lo que menos quería en esos momentos.
Armándose de valor y respirando hondo para infundirse coraje se acercó al estacionamiento dando un pequeño rodeo para que al llegar Eduardo no la viera. Así él podría conversar y tranquilamente con Estheffi sin ser molestados y ella podría enterarse de la verdad de una vez por todas.
Se colocó detrás de un árbol, tratando de mantener el equilibrio pues detrás del árbol había una especie de barranco que llegaba a los llamados “pastos”. Aguzó el oído y se concentró en que tenía que mantener silencio y pasar desapercibida.
-No sé nada de eso Eduardo, ya no molestes.
-Tú vienes a mí ¿y yo te molesto? No te creas que no me di cuenta.
Vienes a mí… pensó Ale notando un grueso nudo en la garganta.
-Hala Eduardo, que te dije que necesito que me protejas, pero no me preguntes nada.
-¿Cómo haré eso? Eres mi enemiga ahora Teffi.
Teffi… con apodos cariñosos y todo.
-Eso es sólo por el hecho de que estoy en otra agencia, pero tú sabes bien que mi corazón está contigo.
Estheffi se acercó a Eduardo y él no la detuvo. Ale lo vio titubear y apretó el puño en donde encerraba la correa del bolso.
-No me digas eso Estheffi, ya sabes que no respondo de mí.
-Ah, bueno si es así… -Estheffi se acercó más a él, pero Eduardo la detuvo a un centímetro de su boca.
-Para. ¿Quieres protección no? –Estheffi suspiró rendida pero con una sonrisa de victoria en los labios.
-Sí, eso fue lo que vine a pedirte –Eduardo sacó las llaves del Toyota descapotable.
-Sube al auto, tengo poco tiempo
-¿Estás esperando a tú amiga? –inquirió Estheffi de forma insolente. Eduardo con la mano en la manilla de la puerta se volvió a mirarla.
-Ese no es tu problema. Te daré lo que viniste a pedir, pero ten en cuenta de que si fuera otro te mandaría a la punta del cerro.
-No entiendo eso, pero gracias.
Eduardo entrecerró los ojos y luego subió al auto. Estheffi hizo lo suyo y en menos de diez segundos ellos ya estaban fuera del campo de visión de Ale. Ella se enderezó y suspiró.
Sabía que el cuento de hadas no le iba a durar mucho, pero esto era el acabóse. Mínimo de respeto por su ánimo. No, la vida como siempre haciendo de las suyas y ya la dejaba desvalida. Ni un día… se dijo desilusionada. Movió la cabeza para despejar sus ideas, pensó en irse, pero algo le decía que debía esperar a Eduardo, suponía que esa era su parte masoquista, y otra muy diferente le decía que se largara de una vez por todas de ahí. Con resignación caminó hacia la pared que quedaba frente al lugar donde segundos antes había estado estacionado el auto de Eduardo.
Lo esperaría, sólo para hacerle saber que lo de ellos ya era cosa del pasado. Para que por lo menos ella quedara digna delante de él y luego Eduardo no la viera con pena. Respiró con mucho ruido.
Muy cerca de ella, dos pares de ojos estaban pendientes de sus movimientos.

miércoles, abril 22, 2009

Capítulo X. Parte 3.

Ambos tipos lucían de forma muy particular, pero no por eso extraña. El más alto andaba con unos pantalones negros, una camisa a cuadros azul marino, desabotonada en la parte del cuello y con un chaleco de satín plomo. El otro usaba los mismos pantalones, pero su camisa era de un solo tono y en vez de un chaleco, vestía una chaqueta negra, que le quedaba algo ajustada al cuerpo; sin duda su musculatura no pasaba desapercibida. Ale quedó perpleja ante la visita y no sabía qué hacer.
-¿Amigos de Eduardo? –preguntó controlando el nerviosismo que se incrementaba. Sebastián se giró para mirar a los hombres.
-¡Hey! ¿Me puedes soltar el hombro? –les pidió Sebastián de manera educada.
-Solo nos gustaría hablar con ella un momento –sus rostros ya no expresaban frialdad, ahora se mostraban amables.
-Y… ¿De qué sería? –La cara de Ale reflejaba a miles de kilómetros que la situación no le gustaba. Ellos se dieron cuenta.
-Relájate –le dijeron riéndose como niños después de una broma –¿No habrás pensado que hablábamos en serio? –preguntó el del chaleco de satín, haciendo el mismo gesto de cuchillo sobre el cuello. Sebastián no se percató.
-Ah… -Ale sonrió incómoda. -O sea, obvio que no. ¡Jajaja! – Su risa nerviosa no ayudó mucho. Sebastián la miró con cara de ¿qué onda?
-¿Podríamos hablar un rato? –le insistió el de chaleco.
-Claro, al tiro. –Ale miró a su amigo. -Seba me había olvidado que tenía que hablar con esos caballeros, es algo re importante. ¿No te enojas si…? –Seba negó con la cabeza. -Ahora me voy, es que de verdad, tú sabes es de esos compromisos que a veces a una se le olvidan y… -siguió hablando cada vez más rápido.
-No te preocupes, -le dijo él. -Si igual ya es algo tarde, tengo que juntarme con unos amigos, nos vemos después. –Seba guardó sus cuadernos, pescó su mochila y se despidió de ella y de los tipos con un gesto de manos. Ale también aprovechó de guardar sus cosas.
-Ya, y… ¿hablamos aquí cierto?
-Si, no hay problema, es súper simple.
-Pero… o sea… ¿Cómo me conocen? Eduardo… No entiendo. –El de chaqueta negra comenzó a hablar.
-Resulta que Eduardo no tiene idea de que estamos aquí, le queremos dar una sorpresa –se rió para sí –es que somos sus primos -¿Ah?, ¿cómo es eso?
-Oka… pero… ¿como saben mi nombre y…? – hizo un gesto de interrogación enorme con su cara.
-¡Jaja! -rió el otro. –Bueno, resulta que te habíamos visto con él desde hace algún tiempo y pensamos que quizás eras alguien cercana, entonces decidimos venir para saber si podemos contar con tu ayuda. Resulta que Eduardo vive aquí solo con su papá. Su mamá vive en Toronto, Canadá. De hecho nosotros también somos de allá, solo estamos aquí de visita. –Marisol quedó algo atontada con la información. ¿Cómo es posible que sepa tan poco de Eduardo? No sabía nada de su familia y quizás nada de él… Siguió escuchando con atención.
-El punto es que él está enojado con su mamá desde hace dos años, no se hablan y nuestra visita tiene como objetivo poder arreglar las cosas entre ellos, y más ahora cuando se acerca el cumpleaños de Eduardo. Su madre está algo destrozada, pero él no contesta sus llamadas.
-Entonces… –Ale trató de procesar la información. -Podríamos decir que ustedes vienen a que Eduardo haga las paces con su mamá, pero… ¿sin que se entere aún de su presencia en el país?
-Exacto, -los dos sonrieron complacidos. Al parecer creían que a Ale le costaría entender a qué habían venido. -Bueno… -continuó el de la chaqueta. -Aún no queremos que se entere. Pero de enterarse se va a enterar. Y no te asustes, tu nombre lo supimos porque cuando salías del casino el otro día compraste con un vale, así que fuimos y le pedimos al que te atendió que nos dijera el nombre que aparecía allí. ¿No te molesta cierto? No es que seamos intimidadores. –rió.
No, para nada, ustedes no asustan a nadie. ¿A caso Eduardo sabrá que sus primos tienen complejo de agente 007?
-Bueno, o sea… si quieren mi ayuda, esta bien Pero no ceo que les sirva de mucho. – Ambos jóvenes se dieron una mirada de cómplices.
-No te preocupes, que de ayuda vas a servir mucho.
-Pero… ¿Cómo pueden estar tan seguros que soy una persona cercana a Eduardo?
-Lo intuimos, hemos estado siguiendo su pista desde hace un mes –sonrió maliciosamente, mientras sacaba su móvil y cancelaba una llamada entrante.
A si que… ¿además cumplen el rol de espías? No, si no dan nada de miedo, nada.
-Podríamos hasta apostar que eres su novia -¿Novia? A Ale le volvieron los nervios – y eso sí que sería de gran ayuda.
-Pero, ¿qué tendría que hacer? –Ale estaba impaciente, el ambiente de misterio no le agradaba en ese momento.
-Nada, aún estamos arreglando algunos detalles. Por ahora sólo queremos que no se entere de que estamos aquí, si lo sabe, todos nuestros intentos serán inútiles.
-Bueno –su repuesta no la convenció. Pero dejó pasar la curiosidad que tenía.
Ellos comenzaron a alejarse, dando la conversación por terminada. Ale también se levantó y los tres salieron. Una vez que llegaron al primer piso, Ale se despidió y ellos siguieron caminando en dirección a la salida. Ya casi eran las seis de la tarde, Eduardo la debería estar esperando en el estacionamiento
¿Qué le voy a decir? ¿Y cómo sus primos entraron y salieron de la biblioteca si no eran estudiantes y no tenían credencial? Tonta, nunca me doy cuenta. Se dejo sí misma mientras se dirigía al estacionamiento.



Daniel se puso muy cómodo, llevó un cojín a su espalda y puso la cabeza de Laura encima de su pecho para comenzar a relatar la historia.
-Hace cinco años yo tenía una familia feliz, bueno, si así podría llamarse. Mi papá tenía un trabajo normal, muy bien remunerado en una empresa minera; mi mamá se dedicaba al hogar y yo iba al colegio como todo niño normal y por supuesto que tenía puros siete, como siempre –Egocéntrico – Bueno el punto es que justo a finales de año, mi papá se quedó sin empleo y mi familia se fue casi a la ruina, estuvimos prácticamente casi medio año sin un veinte. Ni siquiera a mi mamá la querían contratar en ninguna parte, así que se tuvo que conformar con hacer de empleada domestica en tres casas a la vez; en una planchaba y hacía aseo, en la otra cocinaba y en la última cuidaba niños. Por supuesto que lo que recibía no era mucho, pero por lo menos salvábamos el mes. Por otra parte mi papá sintiéndose inútil trato de conseguir lo que pudo y lo único que encontró fue de guardia en un club nocturno –se rió –No tenía estudios, así que no le quedaban más opciones, él único trabajo que había tenido en la vida era en la minera y había entrado allí por “pituto”. Mi hermano mayor, que siempre creyó que era el segundo al mando en la familia, dejó sus estudios y comenzó a buscar trabajo también. Encontró un de Part-time en el Mall. Las cosas poco a poco comenzaron a arreglarse. Estuvimos a punto de que nos embargaran todas las cosas, pero milagrosamente un día mi hermano llegó a la casa con unos 500.000 en efectivo. No te cuento cómo quedó mi mamá. Casi se desmayó; y yo estaba muy entusiasmado, hasta había creído que nos habíamos sacado el kino; obviamente no entendía que no era normal traer esa cantidad de dinero a la casa, cuando trabajas sólo part-time en algún lugar.
-¿Cómo no se te iba a ocurrir otra cosa?... ¿El Kino? –Laura se rió –tu intelecto en ese entonces no era tan desarrollado –dijo irónicamente.
-Lo que pasa es que era un diamante en bruto –le respondió él con actitud sobrada -¿Me vas a dejar continuar?
-Obvio, dale –ojala se tarde mucho, esta re abrigadito.
-A mi mamá no le parecía que él trajera esa cantidad de dinero a la casa, a mi padre tampoco. Lo peor de todo era que le mentía diciéndole que sólo eran préstamos que le hacían sus amigos y que luego debería devolverlos, pero que por ahora lo ayudarían a salir de las deudas. Por supuesto mis padres no se lo creían. Las peleas iban y venían todos los días. A mí me encantaba volver a nuestra misma situación económica de antes. Mi mamá ahora sólo trabajaba en una sola casa, mi papá tampoco se preocupaba demasiado, pues estaba confiando en mí hermano. En cambio él, mi hermano, trabajaba cada vez más. Sus días fuera de casa se hacían cada vez más largos, había días seguidos en los que no llegaba y las dudas se volvían a incrementar junto con nuestra cuenta bancaria. Mis padres aburridos de la situación de incertidumbre, amenazó a mi hermano con echarlo de la casa si no le contaba lo que verdaderamente estaba ocurriendo. A él no le quedó más opción, amaba a mis padres, y no quería dejarme a mí. Y creo que no estaba dispuesto a seguirle mintiendo.

martes, abril 21, 2009

Capítulo X. Parte 2.

Daniel la miró de reojo y sonrió.
-Si tú quieres…
Se levantó, la tomó de la mano y la puso delante de él.
Laura cerró los ojos esperando el golpe. Sí él se lo daba, cosa que era muy probable, ella lo miraría con odio y se iría para siempre de ahí. No volvería a hablarle nunca más y se olvidaría de la estúpida S.S.J., aunque Estheffi seguía metida ahí, y el crío de Osvaldo sabía algunas cosas, pero ella se desligaría de eso. Ahora bien, si él no se lo daba, cosa muy improbable, haría lo posible por ayudarlo.
Pasaron unos segundos hasta que Laura sintió una leve palmada en el trasero.
-No te voy a patear –admitió Daniel.
Laura se dio la vuelta y abrió los ojos tratando de entender qué era lo que había pasado. Daniel le sonrió.
-Ven –la llamó abriéndole los brazos como aquella vez en la kermés cuando la levantó.
Laura dudó, pero por solo un segundo. Corrió y lo rodeó con sus brazos. Hundió la cabeza en su pecho para aspirar lo máximo de eso aroma que le llenaba el pecho de exquisito placer y lo apretó lo más que pudo.
-Me asustaste –le dijo aún con su cabeza hundida como un avestruz.
-Y tú a mí. Pensé que te habías convertido en algo así como una masoquista.
Laura rió y suspiró.
-¿Qué te pasa Daniel?
Daniel se separó un poco de ella y la llevó al sillón. Laura se detuvo antes de tomar asiento.
-¿No pensarás….?
-No –sonrió divertido –ya me quedó claro que eso no sirve contigo.
-A ya, menos mal.
Laura se sentó a su lado y dejó que él la abrazara por la espalda. Ella por su parte se recostó sobre su hombro y aspiró de nuevo ese olor.
-¿Por qué haces eso? –preguntó él confundido.
-¿El qué?
-Eso, como que aspiras sobre mí.
Laura rió entre nerviosa y traviesa.
-Es que me gusta mucho tu olor –confesó sonrojándose.
-Ah, eso es lógico. A todas les gusta mi olor. –Laura le dio un golpe en el pecho.
-Idiota.
Él la apretó hacia sí.
-¿Quieres que te cuente que me pasa?
Laura levantó la vista y supo Daniel debía tener muchos problemas para querer contárselos a alguien.
-Si tú me los quieres contar… -dijo lacónicamente.
Entonces Daniel se dispuso a relatar lo que había pasado desde que él supo a lo que se dedicaba su hermano.



-¿Ale estás bien? –preguntó Sebastián notando por enésima vez que ella se sonrojaba sin explicación.
-¿Eh? ¡Ah! Sí, estoy perfectamente bien –respondió sonrojándose de nuevo.
-Entonces –la probó –dime que fue lo último que te dije.
Ale se mordió un labio. Lo último de lo que se acordaba era de que Eduardo le había prometido esperarla en el estacionamiento.
-Eh… me preguntaste acerca de… bueno… ¿la asignatura? –aventuró sabiendo que era un esfuerzo inútil tomando en cuenta de que eso se lo había preguntado al principio. Sebastián suspiró.
-¿Qué te pasó con el tipo ese?
-¿Tipo? ¿Qué tipo? ¿Dónde?
Y miró pensando que a lo mejor Eduardo estaba en la biblioteca.
-No está aquí –aseguró Sebastián con tono seco.
-Ah, bueno, entonces ¿en qué íbamos?
-Ale hace casi media hora que no me dices esto –y le mostró una fórmula que a Ale se le antojó de lo más horrible que había visto hasta entonces.
-Ah, eso…
En ese momento dos personas se situaron frente a ella, detrás de Sebastián y llamaron su atención, ya que no tenían pinta de estudiantes.
-¿Ale Miranda? –preguntó el que estaba a la derecha de Sebastián. Éste se dio la vuelta sobresaltado por la voz ronca del hombre, pero el otro tipo, el de la izquierda le apretó el hombro dejando a Sebastián petrificado del susto.
-¿Pero qué le han hecho? –inquirió asustada Ale.
-Si no viene con nosotros el chico…-el tipo hizo un gesto de cuchilla por el cuello.
-¿Y quienes son ustedes? –el tipo que le habló primero sonrió.
-Digamos que muy buenos amigos de un tipo llamado Eduardo.
En qué me habré metido ahora…

Capítulo X.

En los pastos la conversación de Eduardo y Ale aún duraba.
-¿Qué me preguntaste? –Ale lo miró media aturdida. Eduardo se estaba acercando mucho, eso la ponía el triple de nerviosa y lo más atroz de todo es que él se daba cuenta –Tengo que ir a clases –le avisó ella. Al instante de decir esto, Eduardo apoyó la otra mano en el árbol, junto a su cabeza. Por Dios... y ahora ¿qué quiere? Estaba entre sus manos… Encerrada.
-No me importa que te pongas nerviosa, a ver respóndeme… -Eduardo parecía muy seguro de sí mismo.
-N… no. No somos na… nada. –Le espetó ella mientras jugaba con sus manos. Mirando hacia el suelo.
-Yo creo que sí, de lo contrario no te pondrías así. –Ella lo miró. Graso error.
-¿Así como?
Pregunta estúpida.
-Como anoche, cuando… ¿no te acuerdas?
-No, no me acuerdo –Ale desvió la mirada.
-Que eres simpática… -le dijo con ironía. -No me evadas –el corazón de Ale le latía a mil por horas sólo con escucharlo hablar.
-Me voy…
Intento inútil estando atrapada en una especie de celda.
-Todavía no –Eduardo se lo impidió. La mochila rosada de Ale cayó al piso.
-Eduardo mi bolso… -le avisó.
Pero Eduardo ya había estampado sus labios sobre los de ella. Ale al principio no supo cómo reaccionar ya que el simple hecho de que fuera un beso la descolocaba y mas encima que se lo daba él, pero como el cuerpo humano está preparado para esas cosas actuó. Le tomó la cintura y le apretó la camisa que él llevaba puesta. Él por su parte se acercó más a ella y le acarició la cara.
-¿Te quieres ir? –le susurró apenas a escasos milímetros de ella.
Ale, trató de responder pero no le salían las palabras. Eduardo sonrió y volvió a besarla.
-¿Quieres estar conmigo?
Ale se separó un poco de él y lo miró confundida. Ese “estar conmigo” no le sonaba muy legal.
-¿A qué te refieres…?
Ale le pegó con la punta del dedo en la frente.
-Siempre encontrándole la quinta pata al gato, me refiero a que si quieres ser mi novia.
-¡Ah! –Ale tragó saliva. Ser novia de alguien significaba muchas cosas: No tener tiempo libre, peleas, muchas salidas, y con Eduardo, más misterios sin resolver y una confianza casi al 100%. Eduardo estudió la cara de Ale quien parecía estar descifrando un problema de matemáticas sin solución.
-¿Y bien?
-Este… -Ale sabía lo que quería. Y eso era decir que sí, mil veces que sí. Pero era muy complicado decirlo sin sonrojarse o temblar o tartamudear o… ya no sabía que pensar.
-¿Qué pasa? –le preguntó él ahora preocupado-. ¿Será que tú no sientes lo mismo que yo?
-¡No! –Respondió ella al instante, o sea eso que ni se le cruzara por la mente, hasta ella sabía que lo que sentía era demasiado evidente-. Mi problema es otro.
Eduardo se hizo hacia atrás y recogió el bolso que se le había caído a Ale. Dulcemente se lo volvió a colocar en el hombro.
-Confía en mí –le pidió dándole un beso en la punta de la nariz. Ale se acordó de que tenía que respirar, de que tenía que prestar atención a lo que hablaban y de que tenía que mantener el equilibrio.
-E-Ese es el problema, -Eduardo la miró fijamente esperando a que hablara –me cuesta confiar en ti, y se supone que dentro de una relación siempre debe prevalecer la confianza.
-Ya veo… - Eduardo aceptó el razonamiento.
Entonces sin previo aviso él la tomó por la cintura y la levantó por las rodillas, como quien mese a un bebé.
-¿Pero qué….? –alcanzó a decir ella antes de abrazarse al cuello de él y aspirar sin intención su aroma.
Se adormeció sin quererlo. Él olía a un perfume entre dulce y fresco. Y sin poder controlarse aspiró nuevamente ese aroma, el pecho se le llenó de él y ya no sabía si sería capaz de dejarlo. El miedo había desaparecido y la sola idea de que Eduardo la tenía así a ella le llenaba el corazón de mariposas rosadas. Porque tenían que ser rosadas.
-¿Confías en mí? –le susurró él al oído. Ale hundió más su rostro en el cuello de Eduardo. Él sonrió tierno.
-Eres imposible… -le dijo ella.
-Responde Ale, ¿confías en mí?
-Sí… confío en ti. –Ale alzó la vista y como siempre él la besó de improviso.
Entonces él la posó suavemente en el suelo y la obligó a mirarlo.
-¿Y la respuesta a mi otra pregunta?
-Em… creo que me moriría antes de decirte que no por lo que—
No pudo continuar pues, otra vez, Eduardo la besó.
-¿Te había dicho alguna vez que te quiero? –inquirió él después de que se hubo asegurado de que Ale estaba tranquilizada. Ella abrió mucho los ojos y se sonrojó mucho más que antes.
-No, creo que no.
-Pues te quiero –y se acercó tanto a ella que sus narices rozaron.
-Yo también te quiero… -dijo en casi un susurro.
Eduardo soltó una carcajada.
-¿No tenías que hacer de profesora?
-¡Uy! Verdad… -Ale se alejó de Eduardo –pero tú no te enojas ¿cierto?
-No, ¿cómo entonces lo haré en el futuro? Aunque ten cuidado con ese “amigo”, me da que te mira raro.
-¿Cómo raro? –Eduardo le guiñó el ojo.
-Confía en mí, ¿ya?
-Está bien –dijo vencida ella.
Eduardo le tomó la mano y la llevó a la puerta de la biblioteca.
-Te espero en el estacionamiento.
Ale le sonrió sin poder entender lo que le había pasado aún, y aunque Eduardo la besó fugazmente en los labios, ella seguía preguntándose si lo que había vivido era real.
No creo estar tan loca como para inventarme algo así… ¿verdad?
Y con una sonrisa de oreja a oreja pasó la credencial por la barra registradora y entró a la biblioteca.


Laura yacía en pegada al brazo del sillón. Enojada. Cómo se le ocurría a Daniel hacer eso. O sea, que primero lo pensara antes de actuar. Aunque viendo a Daniel como estaba en esos momentos le dio un pequeño remordimiento. No debería haberlo rechazado así, pensó. Pero tenerlo tan repentinamente encima, le había parecido casi un insulto.
Giró la cabeza para mirarlo.
Daniel estaba amurrado con el control del televisor en la mano apretando el botón de cambio de canal continuamente sin dejar si quiera mirar lo que estaba en el canal. Laura tragó saliva y se acercó.
-Daniel… ¿Estás enojado?
Daniel ni siquiera la miró, soltó una especie de gruñido y dejó la televisión en el canal de documentales de la naturaleza. Laura lo intentó de nuevo.
-Daniel, por favor, dime algo.
-¿Para qué viniste? –inquirió él lanzándole una mirada ardiente de ira por aquellos ojos negros. Laura se acordó de que debía mantener un pulso normal por lo que respiró. Ella que se había ido acercando a él a medida que le hablaba, se detuvo de inmediato.
-Vine porque…
-¿Por qué? ¿A ver? ¿A husmear? ¿Chismosear? Si es así, te recomiendo que te largues… Ahora –añadió desviando su vista a la televisión.
Laura se acomodó quedando frente al televisor.
-No me voy a ir –lo desafió sin mirarlo, concentrándose inútilmente en las anémonas que salían por televisión. Daniel bufó.
-Es mi casa, te puedo echar a patadas si así lo deseo.
-Hazlo –volvió a desafiarlo. Laura sabía de sobra que Daniel era capaz de eso, pero se había dado cuenta de que él no estaba bien, y a pesar de lo que él le había echo antes, quería ayudarlo. Lo conocía muy bien para saber de que si dolor se trataba él no iba a decírselo a nadie, pero ella sabía, así que quería que por una vez en su vida él se sincerara con alguien, aunque después la tratara como basura. Esperó a ver qué decía él.

lunes, abril 20, 2009

Capítulo IX. Parte 5.

Laura llegó al colegio más rápido de lo que había imaginado, la micro voló hasta el sector norte. De seguro esto significa algo, pensó Belén. Pero no significaba nada. Camila no había venido ese día y lo peor de todo, Daniel tampoco. La curiosidad se la comía. ¿A caso estarán juntos?
No se pudo quedar quieta, tomó la decisión. Voy a casa de Daniel.
Golpeó la puerta miles de veces, pero no salía nadie. Ya estaba a punto de irse, con la frustración en la mano, cuando él le abre la puerta. Su aspecto estaba bien degradado. Como si recién se estuviera despertando.
-Ho… ¡Hola! –saludó Laura tratando de parecer lo más animosa posible.
-Pasa –le contestó mientras se sostenía la cabeza con ambas manos. Si ella no lo conociera hubiese pensado enseguida que tenía una “caña” horrible como de una semana. Pero no. Esto se debía a algo peor.
Ya adentro, ambos se miraron sin saber qué decir, una cosa era segura, Camila no estaba allí, el silencio no podía ser más sepulcral. Pasaron alrededor de dos minutos hasta que Laura se atrevió a preguntarle algo.
-¿Llegaste muy mal después de lo de anoche? –podía sentir un cierto nivel de pesadez en el ambiente.
-No quiero hablar de eso ahora –le respondió Daniel contrariado -¿Quieres jugo?
-No, no…estoy bien –Laura comenzó a ponerse nerviosa, él no quería hablar nada de lo que a ella le interesaba y ella sólo quería saber eso –Pero… -continuó -Te veo algo triste –de pronto se dio cuenta de unas cuantas botellas hecha pedazos en el suelo y un desorden caótico.
-La historia de mi vida –se lamentó él y se rió con ironía, mientras se echaba en el sillón. Laura se quedó de pie, en la entrada.
La televisión estaba encendida, el silenció duró un largo tiempo, hasta que Daniel habló.
-¿Quieres venir a ver el programa conmigo? –la invitó con tono despreocupado.
-Si quieres… -aceptó Laura algo atontada, no sabía hacia donde se dirigía la situación, pero más allá de eso no podía hacer nada. Él no quería soltar ni maní de lo que sucedía.
Estaban viendo “Pasiones”, lo único que salvaba de la televisión abierta a esa hora de la tarde. Pero Laura apenas entendían lo que hablaban, su mente vagaba entre los extremos de la habitación. Lo tenía a su lado, allí cerquita, en el mismo sofá. ¿Qué más podía pedir? Si por ella fuera, él no le contaba nada si quería con tal de que se quedara sentadito allí todo el tiempo del mundo.
-Me dio frío, -dijo él al acabo de un rato. -¿Me alcanzas la manta que está encima del otro sillón? –pidió Laura. Ella ladeó ala cabeza contrariada. ¿Frío?... ¡qué onda! No preguntó nada, obedeció y se la aproximó. Esto es raro, muy raro.
-¿Daniel? –Se atrevió a preguntarle –Necesito saber más, no entiendo lo que pasa, no me gusta tener siempre esa inseguridad de no saber a donde voy o lo que ustedes hacen. Me preocupo y no sé hasta donde voy a aguantar. No te pido que lo sueltes todo de una vez, pero… -los dedos de Daniel la callaron y se quedó inmóvil. Ya no recordaba la última vez que lo había tenido así de cerca.
-No me arruines la tarde, por favor, ahora no –su mirada parecía perturbada.
-Pero Daniel si no es de mala onda… Yo…. -Daniel la volvió a hacer callar, pero esta vez con sus ojos. Ya no siguió hablando, no podía. Esa mirada la había congelado.
Siguieron pasando los minutos. Me voy a tener que conseguir los estúpidos cuadernos, he perdido el día entero de clases, pensó Laura. Para aprovechar el momento decidió apoyar su cabeza en el hombro de Daniel, olía su ropa e hiperventilaba al instante. Con eso a ella le bastaba. Pero de pronto comenzó a sentir que uno de los brazos de él le rodeo la espalda. ¿Eh? Eso estaba bien para ella, le gustaba sentir su protección, pero él no paró allí, se comenzó a acercar cada vez más, el sillón era algo chico, así que estaban apretados ¿Qué pasa? Ella no pudo hacer nada, la sensación que le causaba tenerlo cerca la superaba. Sus labios lentamente se posaron sobre los de ella haciéndola caer de espaldas en el sillón, él no se detenía
¡Qué alguien me explique porfa! ¿Qué hago? Laura sintió que la otra mano que Daniel tenía libre la comenzó a pasar por sus piernas muy lentamente, hasta llegar a la parte superior de su pecho.
¡Ahhhh! Era lo único en que podía pensar, ella esperaba que esto solo durara unos minutos, pero no, él no paraba. Laura quería salirse de su lado, sin embargo los labios de él no se le despegaban, cada vez insistía con más fuerza, su boca se profundizaba cada vez más en la de ella, hasta el punto de parecer algo desesperado. Laura casi no podía respirar, él iba muy rápido y lo peor de todo; una vez que ya se encontraba casi acostada en el sillón, Daniel no dudó en depositarse suavemente sobre ella. ¡Aire! Y sintió toda la parte frontal de su cuerpo. Ya no podía aguantar más. ¡Esto debe parar, y ahora!
-Daniel, córtala, no quiero –ni ella misma se creía estas palabras, pero sentía la necesidad de no seguir. –Daniel hablo en serio –a penas podía hablar, su voz parecía la de una suplica, y es que los labios de él no se le despegaban, tomaba aire para apenas decir tres frases y forcejaba contra su pesado cuerpo para salir.
-No, no quiero –le respondió él.
-Daniel, basta –las palabras salía como sollozos. –Tus manos, deja tus manos – le pidió.
-¡Ah! Laura no, no quiero –y la miró con esos ojos que la derretían.
¿Cómo me voy a negar?